sábado, 12 de enero de 2013

Club de lectura, suma y sigue


La última charla del Club de Lectura fue muy emotiva, porque celebramos nuestro primer aniversario. ¡Sí, llevamos ya un año funcionando! Y, aunque no pudimos competir en aforo con el pirata Sir Francis Drake (había un interesante documental sobre él en el vecino Teatro Circo de Marte), la verdad es que una vez más tuvimos una agradable velada.

Como muestra de un posible análisis, válido como tantos otros, tomamos el cuento Un día perfecto para el pez plátano, de Salinger, como un objeto, como un reloj, y empezamos a desmontarlo para ver qué recursos, qué herramientas, qué trucos había utilizado el escritor-mago-relojero para emocionarnos. Miramos con lupa el título y, sobre todo, la primera frase: “En el hotel había noventa y siete agentes de publicidad neoyorquinos”. ¿Qué función cumple precisar tanto la cifra? ¿Por qué noventa y siete, y no por ejemplo noventa y seis, o noventa y ocho? Si cualquiera contara la historia, jamás empezaría así. Diría, por ejemplo: “en vacaciones, estuve en un hotel que estaba lleno hasta los topes”, etc. Pero Salinger prefiere hacerlo de una forma un tanto increíble (¿qué harán noventa y siete publicistas, además todos neoyorquinos, metidos juntos en un hotel?); como si quisiera dejar bien marcada la frontera entre nuestra vida cotidiana y el relato fantástico que da comienzo. El nueve y el siete no son números cualesquiera, cogidos al azar; su elección es cuidadosa: pertenecen a la tradición mística y mágica. Además, tanto en la versión original como en la traducción en castellano, suena mucho mejor “noventa y siete” que, por ejemplo, “noventa y seis”, que hace que se nos trabe la lengua al leer toda la frase, o “noventa y ocho”, que se nos atraganta.

En fin, después de esta miniatura de análisis, dejamos de lado la lupa y nos alejamos del cuadro para tener una visión de conjunto. Vimos que el cuento está perfectamente equilibrado en dos partes: La primera, tiene la función de crear un clímax, que la segunda parte desarrolla hasta el desenlace. Una madre y su hija hablan del marido de esta última, el señor Glass, en unos términos que nos van metiendo miedo en el cuerpo. No sólo el contenido de la conversación, con la preocupación de la madre por su hija, sino también la forma, con una agobiante abundancia de repeticiones y puntos suspensivos, nos van acongojando, dejándonos así listos para la segunda parte, cuando nos encontramos al señor Glass, que a estas alturas sabemos ya que tiene algún tipo de insania mental, tumbado en la playa, ¡con el albornoz puesto!, algo que tampoco nos parece muy normal, y ¡en compañía de una niña!

El señor Glass comenta lo bonito que es el bañador azul de la niña (¿qué importa que en realidad no sea azul sino amarillo?, ¿qué otra cosa se podría esperar de un loco?), pide a la niña que se acerque un poco más, le dice que está muy guapa, la coge por los tobillos. Pero, por Dios, ¿qué le va a hacer? De momento, proponerle que se metan los dos juntos en el agua y vayan en busca de un pez plátano. ¡Que perversas connotaciones cobra a estas alturas de la historia ese extraño pez que da título al cuento! ¿Un qué?, pregunta la niña. Un pez plátano, insiste el señor Glass desprendiéndose de su albornoz. En fin, mientras se dirigen al mar, el escritor no escamotea detalles sobre la inocencia de la niña, dando saltitos a la pata coja y hablando de lo que hablan los niños más inocentes. Y vuelve el pez plátano, con más detalles escabrosos. En el clímax del cuento, el señor Glass le explica a la niña las extrañas costumbres de esos peces, que entran en un pozo lleno de plátanos y una vez dentro se portan como cerdos: comen tantos, engordan tanto, que después ya no pueden salir. ¿Hay todavía quien dude de que estamos siendo testigos de la violación de un pederasta? Por suerte, finalmente no le pasa nada a la niña. Pero antes de terminar el cuento aún nos espera algún susto. El loco vuelve al hotel y encuentra a su mujer dormida, tendida en la cama, indefensa. Busca una pistola y… ¡se mata! El típico final sorpresivo de un prototipo del cuento anglosajón contemporáneo.

J. D. Salinger (1919-2010)
En fin, ahí queda un resumen del comentario que hicimos del cuento, a vista de lupa y desde la distancia con que contemplamos un cuadro en una exposición. Después discutimos el tema de la charla: Hasta qué punto un escritor se debe a sí mismo, a su obra o a su público. Salinger en todo momento dejó claro que escribía sólo para sí, que el público le traía sin cuidado. Decía que la escritura era para él una forma de meditación, y que el público le molestaba porque no hacía más que apartarle de su retiro. Pero publicó, y muchos ejemplares, sobre todo de su novela más famosa: Un guardián entre el centeno. ¿De qué va esta novela? De un adolescente perdido que busca su lugar en el mundo. ¿Como el propio Salinger? Salinger participó en duras batallas de la Segunda Guerra mundial, y dicen que pudo quedar traumatizado. Como el protagonista del cuento. Esa sería una visión compasiva del escritor: la de un pobre joven traumatizado por la guerra, que escribe como una forma de terapia y se aísla del mundo porque no ha podido superar su trauma de guerra. Pero, ¿es realmente así? ¿Por qué, si escribía sólo para él, publicó, y publicó tanto? ¿No será más bien que buscaba la fama, y una vez la consiguió, una vez colmada su vanidad, tomó la pose, más vanidosa aún si cabe, de rechazarla? Más aún, ¿no representó el resto de su vida un papel, el mismo que el protagonista de la novela? El guardián entre el centeno, ¿habría sido tan famosa si él no hubiera representado ese papel, de solitario inconformista? Este tipo de cosas discutimos. No llegamos a un acuerdo. Los tertulianos nos dividimos entre los que defendían una visión romántica del escritor, que con su obra emula la creación divina, y como Dios no precisa más justificación que la del acto creador mismo; y los que defendíamos que el texto no tiene valor alguno sin el lector, que con su acto de lectura hace presente la obra y la justifica.

Para celebrar el primer aniversario del Club de Lectura, en la próxima sesión, el jueves 24 de enero, como siempre a las 20:15, leeremos un cuento de uno de los contertulios habituales. Como siempre, puede venir quienquiera, aunque sea por primera vez. Hablaremos, también como siempre, de literatura, aunque en esta ocasión el relato sea de uno de los nuestros.

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