lunes, 21 de mayo de 2012

Club de Lectura


Sebald o el hacedor de imágenes
Por Yose F.

Cuando a la edad de nueve o diez años acudía a cortarme el pelo a la barbería de mi tío, una imagen ha permanecido incrustada en mi memoria todos estos años, no es otra que la que representaba una litografía titulada La caza del oso, en la cual dos cazadores intentaban abatir a un gran oso estepario, al tiempo que dos famélicos perros se aferraban con renovada fiereza a las extremidades inferiores de la bestia parda... ¿Qué hace perdurable tal recuerdo? ¿Corresponde esta remembranza con la imagen real vista años después? Este delirio de evocación es el punto de partida en el que se basa W. G. Sebald para ensamblar con singular maestría uno de los tantos relatos que forman parte de la obra del fallecido escritor alemán. Sobre todo porque la vida no es tanto lo que hemos vivido como lo que se recuerda, ni tan siquiera es más verdadero lo que está próximo a la experiencia que lo que hemos asimilado solidamente con posterioridad recordaticia. En este relato concretamente, “Beyle o el extraño hecho del amor”, se pone en evidencia las diversas dificultades que supone la evocación de los momentos pasados, a través de una especie de pseudobiografía que pretende dar testimonio de los avatares amatorios de cierto personaje que no sabemos si es real o ficticio. Aunque sí podemos encontrar claras referencias a esos personajes que aparecen en las inolvidables novelas de Stendhal, siempre tan animosos en busca de su ideal amatorio perfecto, como aparece en La cartuja de Parma. Señalar en este sentido, para seguir con las correspondencias, que Stendhal escribió también un tratado titulado Del amor, donde analiza las distintas variantes de esta sensación especial e inexplicable.

Henri Beyle al escribir sus memorias en la que recuerda la travesía legendaria por los Alpes junto al general Marmont, se encuentra con que su idea del pasado no le permite dar crédito a dichas imágenes mentales por mucho que vuelva a revisitar los lugares en que sucedieron las contiendas, ni mediante la utilización de objetos a modo de “analagon” (la mano), para hacer las veces de representante de la persona amada. Algo así como un vértigo que diferencia las imágenes que tiene en la cabeza y las que han acontecido en realidad. Porque otro tema sería la formación de la imagen mental recurriendo a la imaginación como negación o nihilización del objeto real; es decir, donde la imagen se muestra heterogénea y autónoma respecto de la percepción. A lo que habría que sumarle que ni la repetición del evento permite reproducir las impresiones pasadas. Ya que como bien afirmaba el empirismo humeano, una cosa son las impresiones, sensaciones de carácter fuerte producidas por los sentidos, y otra cosa muy distinta son las ideas, más débiles que las anteriores entendidas como recuerdos de las primeras. Asimismo tampoco cabe esperar que una idea no basada en la experiencia se convierta en algo real. Momento de frustración, al fin y al cabo, como el que le sucede al personaje con respecto a una experiencia tan abstracta como la del amor, esa invención propia como si de una falsa moneda se tratase en pos del pago de una deuda.

Pero será a través de la escritura como Beyle tratará de lograr lo que no puede con la mera evocación, entra así en juego el trabajo ficcionador del escritor como entarimado del propio escritor que realiza el relato. Qué es la literatura si no una visión más real que la propia vida, que aunque seleccione, trocee, dibuje, sólo busca la correspondencia con el mundo interior. En última instancia, no son más que las diatribas o escaramuzas de un escritor que en su final no bosqueja sino una formulación numérica difícil de entender, adelantado la máxima de que todo lo humano se revela indescifrable.

Lo que está claro es que nada de lo que aparece en los relatos primerizos de Sebald recogidos en Vértigo, anuncian una historia al estilo tradicional, con él se abre un nuevo modo de narración fragmentaria, hecha de jirones de la memoria, minuciosos, desajustados por momentos, de imágenes mentales apoyadas, como ya será común, en imágenes fotográficas en sucesión irregular y muchas veces intrascendentes. Fotografías que más que imágenes de apoyo son distracciones para el lector, que a modo de pequeñas trampas, hacen del texto un ser vivo, en constante movimiento y demuestra la facilidad con la que puede ser engañada nuestra conciencia. Todo para hacer de Sebald un escritor siempre melancólico, de negro y profundo calado como hacedor de nuevas imágenes.

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