jueves, 30 de junio de 2011

Un fragmento de "Auto"


ESPOSA. Que nos diga adónde fue después de bajar del camión. ¿Qué hizo?
AUTOSTOPISTA. Eché a correr, eso hice. Sí, eché a correr, eché a correr hasta que...
ESPOSA. Hasta que...
AUTOSTOPISTA. Hasta que vi a una persona que lavaba su coche.
MARIDO. Yo.
ESPOSA. Ya.
MARIDO. Sí, era yo... Para mí tener el coche limpio es una cuestión de principios; aunque si lo hubiese sabido, si lo hubiese sabido como quedaría, no hubiera perdido el tiempo limpiándolo. Total, si más tarde se iba a convertir en un montón de chatarra, ¿qué importancia podía tener que estuviese más o menos limpio?
ESPOSA. (A la autostopista.) ¿Estaba solo mi marido?
AUTOSTOPISTA. No, había otra persona.
CUÑADA. Yo.
ESPOSA. Ya.
CUÑADA. Me ofrecí a ayudarlo a lavar siempre que lo hiciera con las oportunas precauciones, quiero decir, que estaba dispuesto a hacerlo con guantes de goma antialérgicos (doble capa de algodón) para preservar la manicura. Sí, decidí ayudarlo en aquella fuente algo retirada de donde tú habías quedado preparando la comida.
ESPOSA. Un arroz...
CUÑADA. Como te pedí. No engorda...
ESPOSA. Con tomate...
CUÑADA. Sí, con tomate, con mucho tomate...
MARIDO. Es una comida muy apropiada, muy natural para el campo, sienta bien al estómago, está comprobado.
ESPOSA. Necesitaba más agua para alcanzar el punto ideal. Para terminar de hacerse. Ni duro ni muy pasado. Su punto. Me hice con una jarra de plástico recién comprada de ocasión y me dirigí a la fuente.
AUTOSTOPISTA. Y me vio. Por eso sabe que estuve allí.
MARIDO. La chica se empeñó en que la sacáramos de allí de inmediato. Afirmaba que la seguía un camionero enloquecido. No la creímos. Parecía drogada. Además, ¿cómo íbamos a dejar que se pasara el arroz? ¿Cómo íbamos a dejar el coche a medio lavar? ¿Cómo íbamos a...?
CUÑADA. (A la esposa.) No te vimos aparecer. Eso es muy propio de ti. Ya de niña solías espiarme detrás de las cortinas de nuestra habitación.
MARIDO. Más tarde, cuando ya recogíamos para marcharnos, cuando volvió a aparecer la chica perseguida por ese energúmeno, entonces sí me ofrecí a sacarla de allí. Entonces ya existía una prueba objetiva de que ese camionero de manos descomunales era algo más que una alucinación.
[...]
ESPOSA. En cualquier caso eso ocurrió más tarde. Pero antes, antes, ¿qué pasó antes en ese automóvil?
MARIDO. Vamos, déjate de historias y di qué creíste ver.
ESPOSA. Vi. Pruebas objetivas. Vi. Vi cómo limpiábais el coche. Eso es lo que vi. Os esmerabais. Parecíais muy compenetrados. Mucho. Increíblemente compenetrados en el interior de ese asqueroso vehículo.
MARIDO. Sí, también lo admito. Admito que lo viste.
ESPOSA. Me di la vuelta sin el agua y regresé al arroz. Ahora os explicaréis mejor por qué me quedó tan poco hecho y por qué se me puso esa cara de ajo.

Auto
Ernesto Caballero
SGAE. Madrid. 1994

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